jueves, 28 de julio de 2016

EVOLUCIÓN

Gabriel levantó la cara hundida en la arena y a través de las nieblas de sus ojos vio el tsunami, la enorme masa de agua que se aproximaba a gran velocidad hacia él y hacia la otrora imponente ciudad que se levantaba detrás de él, la última ciudad sobreviviente del mundo. Gabriel miró alrededor y vio la playa vacía, sólo él esperaba la muerte allí si el invento del doctor Bilöta no funcionaba.

Haciendo uso de las últimas fuerzas que le quedaban, levantó su cuerpo desnudo y se incorporó mientras sus miembros se cubrían de gruesas escamas. Gabriel miró sus manos —lo que quedaba de ellas— y sintió un extraño escozor al ver las escamas y las aletas incipientes. ¡El experimento había funcionado! Más atrás, miles de personas se envolvían también de escamas y espinas justo después de aspirar su última bocanada de aire, acondicionándose para habitar el nuevo planeta. Otros cientos de miles desafortunados no lograrían adaptarse con la misma rapidez y una vez muertos serían rápidamente olvidados en el mundo futuro.

Cuando la ola estaba por caerle encima, a Gabriel se le cayeron los últimos cabellos y aparecieron sus branquias. Finalmente el agua lo cubrió todo y su último pensamiento humano fue de melancolía social. Miles de años de civilización humana quedaban tapados, borrados por el agua, junto con sus testigos. Pero no sabía que cientos de miles de años después, desde ellos, que eran peces ahora, nuevos humanos se levantarían para empezar de cero y, quizá (sólo quizá), esta vez harían las cosas bien.