jueves, 28 de julio de 2016

EVOLUCIÓN

Gabriel levantó la cara hundida en la arena y a través de las nieblas de sus ojos vio el tsunami, la enorme masa de agua que se aproximaba a gran velocidad hacia él y hacia la otrora imponente ciudad que se levantaba detrás de él, la última ciudad sobreviviente del mundo. Gabriel miró alrededor y vio la playa vacía, sólo él esperaba la muerte allí si el invento del doctor Bilöta no funcionaba.

Haciendo uso de las últimas fuerzas que le quedaban, levantó su cuerpo desnudo y se incorporó mientras sus miembros se cubrían de gruesas escamas. Gabriel miró sus manos —lo que quedaba de ellas— y sintió un extraño escozor al ver las escamas y las aletas incipientes. ¡El experimento había funcionado! Más atrás, miles de personas se envolvían también de escamas y espinas justo después de aspirar su última bocanada de aire, acondicionándose para habitar el nuevo planeta. Otros cientos de miles desafortunados no lograrían adaptarse con la misma rapidez y una vez muertos serían rápidamente olvidados en el mundo futuro.

Cuando la ola estaba por caerle encima, a Gabriel se le cayeron los últimos cabellos y aparecieron sus branquias. Finalmente el agua lo cubrió todo y su último pensamiento humano fue de melancolía social. Miles de años de civilización humana quedaban tapados, borrados por el agua, junto con sus testigos. Pero no sabía que cientos de miles de años después, desde ellos, que eran peces ahora, nuevos humanos se levantarían para empezar de cero y, quizá (sólo quizá), esta vez harían las cosas bien.

miércoles, 4 de enero de 2012

El monstruo Marcelo


Marcelo no entiende que no puede venir. Es muy terco. Cómo hacerle comprender que no puede asomarse por la casa pasa lo que pase. Es que asustaría a los niños, y el corazón de papá tampoco aguantaría otro disgusto. Yo comprendo que no es su culpa haberse convertido en ese monstruo que es ahora, pero es intolerable su fealdad, y por más añoranza y melancolía que haya de por medio, éste ya no es su hogar.

Anita es la que más lo extraña, desde que ella nació su tío Marcelo la mimó demasiado y ahora sufre las consecuencias. Pero quién podría haber predicho que Marcelo se transformaría en esa bestia deforme. Por eso cuando Anita pregunta por él, hay que decirle simplemente: "el tío se fue al cielo” —aunque más bien debería decirse que se convirtió en una bestia digna de cuentos infernales, pero a un niño…—, y es mejor que crea que está muerto a que lo vea convertido en esa cosa.

Pero Marcelo insiste en llegarse por la casa cada vez que hay alguna ocasión particular para reunir a la familia, como los cumpleaños, navidad, pascuas, año nuevo.  Y cada vez que asoma su cara horrenda por aquí no nos queda más opción que echarlo lanzándole lo primero que tenemos a mano. Nos acostumbramos a turnarnos para hacer guardia fuera de la casa cada vez que el calendario lo amerita y cuando el guardia de turno lo advierte caminando descaradamente hacia la casa —nunca se esfuerza por ocultarnos su presencia— avisa a los demás y entonces salimos rápidamente para echarlo por la fuerza. Hay que proteger a las mujeres y niños de la casa.

Sin embargo, aún con todos nuestros cuidados, Marcelo logró colarse en la casa aquella noche. Lo que sucedió fue que estábamos todos distraídos cantándole el feliz cumpleaños a Anita. Marcelo asomó su cara deforme por la ventana, sus grotescos ojos pequeños, su nariz superlativa, su boca estirada, sus orejas gigantes, sus granos insolentes, su cabello grasoso, sus cejas abultadas, sus dientes deformes y malformados, sus entradas prematuramente prominentes. Anita fue la única que lo vio y durante un descuido general salió al patio a recibirlo. Cuando nos dimos cuenta de que Anita no estaba y que se escuchaban sus risotadas desde el patio mezclándose con la voz chillona y grotesca de Marcelo corrimos hasta ella. Lo que vimos nos enmudeció del horror. Estaba Anita riéndose sentada en el columpio del patio con un regalo mal envuelto entre sus manos y Marcelo corría a su alrededor meciendo el columpio y hablando tonterías que extrañamente divertían a la niña. Hicimos lo que hubiera hecho cualquiera en nuestro lugar. Nos armamos con escobas y bastones y nos abalanzamos sobre Marcelo. Como el monstruo estaba tan entretenido molestando a Anita recibió muchos golpes feroces antes de huir gritando de rabia.

Puesto que Anita vio todo, fue difícil explicarle luego lo ocurrido. Pero creo que al final comprendió. Una familia como la nuestra no puede permitir que entre ellos esté un monstruo como Marcelo. Hay que cortar lazos inmediatamente, ya sea por las buenas o por las malas.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Todos queríamos tanto a Magadalena...


Efecto residual de:
Queremos tanto a Glenda y
La Hermandad 

Desde que Magdalena perdió el juego hace dos semanas y fue asesinada según las reglas, hemos tratado de evadir la próxima sesión. Es que sólo recordar la manera escalofriante en que murió Magdalena nos pone los pelos de punta. En realidad los que participamos en este Juego, estamos acostumbrados a codearnos con la muerte. Todos los que jugamos el Juego secreto conocemos las reglas y sabemos que cada tanto le puede tocar a cualquiera morir, todo depende del azar o del destino, según la filosofía de cada quien. Pero lo de Magdalena fue terrible para el grupo.

Sinceramente ninguno esperaba que le tocara a ella. Los que jugamos creemos que en el Juego hay cierta justicia kármica, como el fiel de una balanza perfecta sobre la que nos apoyamos todos y nos sentimos seguros confiando en que sólo quienes verdaderamente se lo merecen serán castigados. Pero todos queríamos tanto a Magdalena… y sabíamos (o creíamos) que ella era la más integra y correcta de todos nosotros. Jamás supimos nada malo de ella, al contrario. Por eso el hecho de que el Juego decidiera su muerte —y de esa forma horrible— hizo tambalear violentamente los cimientos sobre los cuales apoyamos nuestras creencias.

Desde lo ocurrido, nuestras reuniones son muy silenciosas y tratamos de no preguntar cuando será el próximo Juego, aunque todos sabemos que falta poco (el Faro principal está llegando a su resplandor máximo). Pronto recibiremos el llamado en una hora y lugar inesperados, como ocurre siempre, y acudiremos presurosos aunque desprovistos de la confianza que nos acompañaba. Nos sentaremos en el Gran Salón, veremos de reojo, sin querer, la silla que ocupaba Magdalena vacía, y esto nos recordará inevitablemente que ya no confiamos en el Juego, que ya no creemos que sólo los pecadores serán castigados; porque Magdalena, a quien queríamos tanto, la más pura de nosotros, recibió el castigo máximo. Nos sentiremos todos vulnerables. Algunos no soportarán la tensión y saldrán corriendo. Entonces entrará Euridí, envuelta en su capa carmesí, con los naipes, los dados y los nombres de todos y el Juego comenzará. Magdalena nos estará observando invisible desde su silla, como nos miraba agonizante traspasada por el dolor atada a la hoguera. Y los dados rodarán, los naipes se barajarán y todos temblaremos porque ya no creeremos en la santidad de nuestro Juego y de lo que hacemos.

Pero yo les llevaré paz de nuevo, porque ése es mi deber como líder. Antes de que comience el Juego les hablaré sobre los hechos oscuros que descubrí en la vida de Magdalena. Les contaré sobre los amantes con los que se veía fugitivamente, la doble vida que llevaba, lo mala madre que era, les relataré calumnias y conspiraciones de Magdalena contra sus hermanos de Juego. Y finalmente, para asegurar de nuevo la confianza de todos, les entregaré el diario de vida de Magdalena (ya casi he terminado de fabricarlo) donde confiesa sus vergonzosas iniquidades. Nadie podría dudar de mí.

Así les devolveré la fe en nuestras creencias y en el Juego, porque sólo yo puedo hacerlo. Entonces todos jugarán de nuevo confiados en que sólo los pecadores serán castigados y no ellos. Claro que esta vez tendré que esforzarme más que en las anteriores ocasiones porque le tocó justamente a Magdalena, y todos queríamos tanto a Magdalena…

martes, 29 de noviembre de 2011

Atardeceres


De pie estaba el sacerdote Riveira empaquetado en su sotana blanca, con media silueta consumida por la sombra de un pilar de la iglesia. Como cada atardecer se paseaba por la nave central de su vicaría, la única del pueblo, deteniéndose en diferentes lugares sin razón aparente. Con este extraño hábito había conseguido que todo el pueblo hablara a sus espaldas de sus ocurrencias y sus extrañas costumbres, y cuando sus conocidas mañas no satisfacían el apetito dialogal del promotor de turno, el pobre padre cargaba con otras costumbres demenciales inventadas.

Ninguno de los pobladores locales podría decir si el padre Reviera era conocedor de los rumores que circundaban en torno a su persona, pues obviamente nadie hablaba mal delante de él. Mas al sacerdote esto lo tenía sin cuidado. Ya estaba viejo y era capaz de percibir cosas que otros ignoraban. Cada atardecer salía rápidamente de su oficina, su recámara o donde sea que estuviera al sentir una presencia sobrenatural que lo llamaba a la nave principal de la iglesia. No era un llamado místico ni profético sino un pedido de ayuda, algo que el viejo Reviera no era capaz de explicar, y menos de ignorar.

Aunque la Iglesia estuviera completamente vacía, como esa tarde, recorría la nave principal deteniéndose en diferentes zonas e inclinaba la cabeza como si tratara de escuchar mejor de dónde provenía el pedido de auxilio. Se afanaba buscando aquello que sentía pero no podía ver y, todos los días fallaba. Pero no tenía permitido rendirse, cómo abandonar un alma que pide ayuda.

A unos metros de él, la mujer sollozaba, porque los espíritus que ya no ocupan el plano material no pueden llorar, sólo lamentar. Ella veía al sacerdote que trataba de encontrarla, lo llamaba con sus lastimeros gemidos durante los atardeceres sin grandes resultados. Tenía la ilusa esperanza de que un padre consagrado pudiera expiar sus culpas y liberarla. Aunque en el fondo sabía que era tarde para eso.

Ese atardecer fue particular para el sacerdote porque alcanzó a escuchar un gemido de la mujer, pasó horas intentando localizar su origen antes de rendirse al cansancio de la edad. Y continuó cada tarde intentando encontrar al alma que sufría y lo llamaba. Pero cada vez que oía un lamento sutil, su eco rebotaba una y otra vez en las paredes de la iglesia y llegaba hasta los viejos oídos del sacerdote como un susurro huérfano que venía de ninguna parte y de todos lados a la vez.

Por su parte la gente del pueblo se alejaba de la iglesia durante los atardeceres. Todos comentaban (algunos con temor otros con delirante inspiración) que cada día durante esa hora, el sacerdote Reviera enloquecía y se paseaba por la iglesia gimoteando y delirando como una mujer.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Hamacas* bajo la lluvia

*(columpios)


Hamacarse en el parque mientras cae una fina llovizna puede ser agradable, pensó Elisa mientras daba impulso a su hamaca. Observó el cielo que comenzaba a oscurecer y las gotas de lluvia le acariciaron el rostro. Miró a su hermana Carina hamacándose a su lado, probablemente ella no se había dado cuenta de que ya se había hecho muy tarde.

—Carina —gritó Elisa para que su hermana la escuchara—. Está lloviendo.

Carina detuvo poco a poco el movimiento pendular de su hamaca y cuando pudo poner los pies sobre la tierra miró el cielo.

—No llueve mucho —concluyó.

—Ya es tarde.

Carina observó el parque, no había personas a la vista, las sombras de los árboles comenzaban a extender sus enramados brazos.

—Quedémonos un poco más —pidió Carina—, hasta que la lluvia se haga más intensa.

Elisa asintió, pensó que no estaría mal caminar a casa bajo la lluvia; observó a su hermana hamacarse cada vez más rápido y lamentó no estar del mismo humor. Carina la encontró cabizbaja y le preguntó desde la altura:

—¿Qué te preocupa?

Elisa contestó sin mirarla:

—Es esta lluvia.

—Pensé que te gustaban las lluvias, como a mí —dijo Carina sin detenerse.

Elisa suspiró y dejó que su mirada descansara sobre la calle y los árboles que la custodiaban.

—Sí, me gusta. Pero esta lluvia es extraña, el parque está asustado…

Carina detuvo nuevamente su hamaca y se levantó.

—Si querés, nos vamos ahora —dijo— no hace falta que inventes historias para intentar asustarme.

—No. No es eso —dijo Elisa hundida en su hamaca—. No sé qué es. Pero creo que ya nos tendríamos que haber ido.

Elisa miró nerviosa hacia diferentes direcciones y Carina siguió sus miradas. Estaban solas, nadie caminaba por el parque, la noche caía con cierta inquietud, las luces se habían encendido y hasta los vehículos habían dejado de cruzar por la calle. El viento sacudía la lluvia que caía insistentemente y la arrojaba contra los cuerpos de Elisa y Carina.

—¡Vámonos!—urgió Elisa.

Carina asintió e iniciaron su retirada. Atravesaron la cuadra diagonalmente, pero antes de que llegaran a la esquina el viento incrementó su intensidad. Las gotas de lluvia golpeaban sus rostros y las obligaban a cerrar los ojos. Decidieron cubrirse detrás de un enorme árbol hasta que el viento se calmara. El viento se convirtió en remolino y pronto las hermanas se vieron en el ojo de un remolino de hojas, tierra y agua. El centro del remolino creció hasta ocupar toda la cuadra del parque de manera que parecía imposible salir de él pues una muralla circular de tierra y viento lo envolvía.

—¿Cómo vamos a salir? —preguntó Elisa.

Carina la miró y pensó que sólo debían esperar a que todo se calmara. Miró hacia los bordes del parque donde el viento construía un cerco y entonces encontró las hamacas balanceándose sin que nadie las usara. Se sacudían con fuerza ganando grandes alturas.

—Vamos —dijo señalándolas.

Se acercaron hasta las hamacas con cuidado para que no las golpearan e intentaron detenerlas asiéndolas de las cadenas que las sostenían, pero sólo lograron alentarlas. Comprendieron entonces que la mejor forma de pararlas sería subiéndose en ellas. Fue difícil hacerlo mientras las hamacas estaban en movimiento, pero lo consiguieron. Cuando ambas estuvieron sobre los columpios pudieron contenerlas y entonces los árboles, el viento y la lluvia se calmaron. Mas cuando se levantaban, las hamacas comenzaban a balancearse con fuerza por sí solas y la tormenta regresaba  con intensidad, y sólo se calmaba cuando volvían a sentarse.


De vez en cuando, alguna persona cruza todavía por esa zona del parque, los que lo hacen dicen que hay dos muchachas sentadas siempre en las hamacas, atrapadas, que intentan convencer a quien cruza por allí que se siente en los lugares que ocupan ellas y contengan las hamacas para que ellas puedan escapar.

lunes, 31 de octubre de 2011

Nuestro juego


Se escondió detrás de la cortina. Era fácil distinguir su pequeña silueta otorgándole forma al paño blanco. Era uno de sus pasatiempos favoritos: esconderse detrás de la cortina de la ventana, de manera que sólo sus piecitos quedan a la vista y lo demás fuese apenas suponible. Desde mi silla le sonreí, aunque sabía que no podía verme, sonreí silenciosamente y esperé a ver su siguiente acción que no se hizo esperar.

—¿Dónde estoy? —me preguntó.

—No sé. Desapareciste.

Me levanté y caminé por la habitación simulando buscarla desorientado mientras la llamaba por su nombre.

—Andrea. Andrea ¿A dónde fuiste?

—¡Acá estoy! —saltó de repente desde detrás de la cortina y luego siguió mi turno de jugar: fingir miedo por la sorpresa, retroceder histriónicamente y simular que me enojo con ella por asustarme. Andrea se rio e intentó escapar de mí. Yo la atrapé rápidamente y la abrace con fuerza. Entonces el juego comenzó de nuevo. Otra vez fingí no mirar mientras ella se cubría con la cortina larga y cuando volví a mirar, una vez más a la cortina le habían crecido dos pequeños pies. Pero esta vez, antes de que pudiera comenzar mi actuación para hacerla reír de nuevo, llegó su madrastra a la habitación.

—Andrea ¿Qué hacés detrás de la cortina?

La pequeña salió lentamente y vi con tristeza que la alegría que le había dado nuestro juego había desaparecido de su cara. Estaba triste, casi asustada, yo odiaba este efecto que tenía su madrastra sobre ella cuando interrumpía nuestras diversiones.

—¿Qué hacías detrás de la cortina?

No era una pregunta, era una acusación. Andrea agachó la cabeza y no contestó.

—¿Querés que se caiga, que se ensucie? Después yo la tengo que lavar.

La mujer arrastró su mirada por la habitación de Andrea y agregó:

—¿Por qué no acomodás esta pieza? ¿En qué estás perdiendo el tiempo?

—Estaba jugando con Dani —dijo la niña señalándome.

La madrastra miró hacia donde yo estaba e hizo un mohín de fastidio. Tenía la frustración y la ira adosadas a su rostro, tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse. Mirando a la niña le dijo entonces:

—Ya te dije muchas veces que Dani no existe. Ya estás grandecita como para creer en amigos imaginarios.
Andrea se revolvió inquieta, quería defenderme como otras veces pero creo que en fondo sabía que la mujer decía la verdad.

—Dejá de ensuciar las cortinas y baja que en seguida comemos.

La madre se fue, Andrea me miró triste y yo le sonreí para animarla como siempre.

domingo, 30 de octubre de 2011

Los pasos de tus dedos



Por ese Sol que te imita
este día no es verdadero,
pertenece a un tiempo escrito,
a uno que ya es ajeno,
un tiempo que te roba
y te concede terreno,
te dibuja una mirada
y descubre nuevos velos.
Él mismo es testigo
de los pasos de tus dedos,
el camino de tus años
y de tus labios el fuego;
a mí me ve como un peregrino
que sin fe busca consuelo
en una selva de sordos
árboles y animales ciegos.
Pero más allá de lo que diga
este tiempo grosero,
hoy le ganaste una partida
y no sabe reconocerlo.

lunes, 24 de octubre de 2011

La soledad de los pájaros


Alicia miró furibunda a Benicio que se revolvía en su silla de ruedas  y le arrojó el paquete envuelto sobre la mesa. Benicio logró atraparlo antes de que cayera. Fingió que lo observaba con curiosidad, a pesar de que sus ojos no podían ver nada, levantó luego la cabeza, con las cejas grises apretando su ceño, hacia donde suponía que estaba parada Alicia. Su orgullo no le permitía dejar que Alicia supiera que él ya no podía ver.

—¿Qué es? —preguntó mientras intentaba quitar el papel ruidoso que envolvía el paquete.

—Abrilo y fijate —contestó Alicia— o incluso eso tengo que hacer por vos.

Benicio terminó de desenvolver el paquete y con las palmas tanteó discretamente el objeto que apareció en sus manos, procurando que Alicia no supiera que no podía verlo.

—Un libro.

—Sí ¿Por qué? ¿Esperabas algo más?

Benicio no dijo nada.

—¿Cómo están tus ojos?

—Muy bien —mintió.

Benicio dirigió su silla de ruedas hasta el estante donde dormitaban decenas de libros y colocó sin cuidado el que acababa de recibir al final de la tercera fila.

—¡Qué bien! —vociferó Alicia— Ahora se va a quedar ahí guardado por los siglos de los siglos como todos, y no lo vas a leer nunca— Benicio ignoró el comentario y avanzó hasta donde sabía que estaba la ventana que daba al jardín—. Bonita tu manera de recibir un obsequio de cumpleaños.

—Hoy no es mi cumpleaños. Fue ayer.

—¿Pensás que me importa?

Benicio rio amargamente, Alicia era capaz de convertir hasta la acción de dar un regalo de cumpleaños en una ofensa. La mujer se movió por primera vez y se colocó detrás de la silla de Benicio.

—Seguramente vos ni siquiera recordás la última vez que me regalaste algo.

Benicio volvió a reírse por lo bajo.

—Hoy no viene el jardinero —comentó.

—No te costaría nada regar vos mismo las plantas.

—No es que me cueste. Pero las plantas se acostumbran a quien las trata siempre. Ahora soy un extraño para ellas.

Alicia soltó un suspiro que parecía contenido desde su juventud.

—Ahora sos un extraño para todos, Benicio.

Un viento amable se escuchó afuera sacudiendo las plantas y flores del jardín y Benicio deseó abrir la ventana, pero no quería pedirle nada a Alicia,

—Me voy —avisó Alicia girando hacia la salida.

—Fue en octubre, hace dieciséis años… el último regalo que te di.

Alicia esperó en silencio.

—Estábamos en una heladería. Una que ya no existe. Ese día me robaron mi mochila con mis cuadernos y un libro que acabábamos de comprar titulado: “La soledad de los pájaros”.

—Por lo menos no perdiste la memoria —dijo Alicia despectivamente.

—Fue lo único que no perdí.

Alicia comenzó a caminar hacia la puerta. Al escuchar sus pasos Benicio se apresuró a decir:

—Entró una mosca cuando llegaste. Por lo menos podrías abrir esta ventana para que salga con vos también.

Alicia volvió hasta Benicio y abrió la pesada ventana. Una nube de polvo sutil estalló.

—No te vayas a caer hacia el otro lado —advirtió Alicia mientras se iba—. Podrían pasar meses antes de que alguien vuelva a visitarte y tu sirvienta Beatriz ya está media sorda.

Benicio escuchó la puerta cerrarse. Cuando estuvo seguro de que Alicia se hubo ido, llevó su silla hasta el estante de los libros, tomó el que le acababa de regalar Alicia y llamó a Beatriz tres veces.

—¿Desea algo, señor? —dijo la sirvienta apersonándose.

—Tomá —dijo Benicio acercando el libro hasta donde provenía la voz—. Leéme el título.

—El título dice: “La soledad de los pájaros”       ¿Quiere que se lo lea?

—No… hoy no.

martes, 11 de octubre de 2011

El lago (continuación)

(...)
—Se le ve en los ojos grandes. No tiene miedo de mirar la vida.


Soledad cruzó brazos y se sentó sobre la arena. Sacudió los pies aún mojados y apoyó el mentón sobre las rodillas flexionadas. Su cabello oscuro cayó sobre sus piernas (…)


Después de algunos minutos silenciosos, el cansancio también venció a Lucía y suavemente la empujó hasta sentarla sobre la arena, sin embargo nunca perdió de vista el rostro de la niña que permanecía en el agua, por eso fue capaz de describir luego el momento en que la niña repentinamente abrió la boca.

Al ver esto Lucía gateó rápidamente hasta el lago, pero antes de que pudiera tocarlo la voz de Soledad la detuvo.

—¿Qué estás haciendo?

Lucía se volvió por primera vez hacia Soledad, (...).

—Abrió la boca.

—Te dije que la íbamos a asustar.

Lucía acercó su rostro al lago.

—Quizá quiere pedirnos algo.

—Y aunque así fuera ¿qué? Ya te dije que no debemos intervenir. Ya lo has visto otras veces, no debería sorprenderte. Siempre que alguien muere ahogado, donde sea, viene a purgar sus crímenes en este lago antes de pasar al otro lado.

Un temblor de frustración sacudió el cuerpo de Lucía y estuvo cerca de perder el equilibrio que le daban sus brazos sobre la arena humedecida.

—¿Qué crimen puede haber cometido esta criatura?

—No lo sabemos. Y es por eso mismo que no debemos intervenir.

Soledad interiormente se preguntaba qué crimen había cometido Lucía para tener que cargar con el peso doloroso que representaba sufrir compulsivamente junto a cada alma que llegaba a pagar sus deudas en el lago.

—Ya los viste otras veces. ¿Por qué te preocupa tanto este caso?

—Es una niña —susurró Lucía.

—Vos no sos mucho mayor. Deberías preocuparte más por vos misma. Te podés enfermar si…

Lucía se quedó contemplando de cerca el rostro de Estrella quien había abandonado su anterior inmovilidad y con los ojos muy abiertos separaba los labios una y otra vez, como un pez.

—Voy a subir a la casa. Me hace frío —anunció Soledad—. No te quedes mucho tiempo.

Soledad subía por la colina sobre la que estaba ubicada la casa donde vivían cuando el amanecer comenzaba a replegar las tinieblas nocturnas. (…) un movimiento curioso llamó su atención hacia la playa. Fue difícil para Soledad creer en lo que vio allí. Estaba a una gran distancia, sin embargo podía distinguir claramente a Lucía sacando un cuerpo del agua. Era imposible de aceptar, como la visión de un niño bajando una estrella del firmamento.

Corrió hasta la playa tan rápido como pudo, mas cuando sus pies pisaron la arena Lucía ya sostenía entre sus brazos a una jovencita moribunda con mitad del cuerpo dentro del agua.

—¡No, Lucía!

Soledad llegó hasta donde estaba Lucía pero no se atrevió a tocarla, pues estaba en contacto con esa criatura pálida y de ojos exageradamente abiertos que pertenecía al agua.

—¡Qué hiciste!

—Ella me lo pidió —dijo Lucía llorando, no podía dejar de mirar a la niña, a pesar de su aspecto lamentable tenía algo que la hacía atractiva de manera que era imposible dejar de mirarla una vez que se habían posado los ojos en ella—. Me pidió que la quitara del agua. Pero no puedo sacarla completamente del lago, sólo la mitad de su cuerpo.

La niña del agua miraba el cielo, levantó una mano descolorida con el dedo señalando directamente a la última estrella que aún se veía en el firmamento.

—Pero, Lucía —dijo Soledad compadeciéndose de su hermana— sólo vas a alargar su pesar.

Entonces ambas callaron porque la niña intentaba decir algo con los labios resecos y entornados.

—Es, es… es —susurraba débilmente con la voz muerta— es hermoso.

El agua del lago se agitó y comenzó a cubrir el cuerpo de Estrella.

—¡Soledad! —gritó Lucía asustada— ¡se me está resbalando, Soledad!

—¡Soltála!

El cuerpo de la niña resbaló de los brazos de Lucía e ingresó al lago. Cuando el cuerpo estuvo completamente sumergido en el agua. La corriente cambió de dirección y se llevó el cuerpo rápidamente hasta perderlo de la vista de las hermanas.

—¡No!

Lucía se volvió rápidamente hacia Soledad que miraba con preocupación todo lo ocurrido.

—¿A dónde va, Soledad?

—Pasó al otro lado.

Lucía la miró entristecida.

—Quiere decir que…

—Sí —dijo Soledad mirando como la última estrella desaparecía para cederle el reinado del cielo al astro diurno—. Va directamente hacia el mundo de los humanos.


jueves, 6 de octubre de 2011

El lago (fragmento)


Lucía extendió su vista sobre el lago que bebía apaciblemente las tinieblas de la noche. Con los pies descalzos perdiéndose sobre la arena de la orilla dejó que los pulmones se llenaran con la brisa que antes corría sobre el agua. Mientras se quitaba un mechón de cabello castaño de la cara escuchó los pasos de Soledad que se acercaba. Soledad se detuvo a unos metros de distancia de su hermana menor y le dijo:

—¿Hasta cuándo vas a estar aquí parada?

Lucía no se movió, esperó hasta que el viento se calló para contestar sin volverse:

—Sólo llevo unos minutos aquí.

Soledad miró el lago por encima de los hombros menudos de Lucía y durante un breve momento percibió aquello que mantenía a Lucía estática en su lugar.

—¿Cómo se llama? —quiso saber.

—Creo que la llaman Estrella.

Soledad deseó que su hermana se volteara, quería ver su rostro. Por alguna razón estaba segura de que no sería el mismo que ella recordaba.

—¿Cuánto tiempo lleva en el agua? —preguntó señalando el cuerpo sumergido completamente en el lago.

—Cuando yo llegué ya estaba allí. Creo que la dejaron ayer.

Soledad se acercó hasta la orilla adelantándose a Lucía que no se movía de su lugar. Se quitó las sandalias negras y se introdujo en el lago hasta donde el agua le acariciaba los muslos. Luego se inclinó y extendió el brazo hacia abajo, pero desistió antes de que sus dedos se mojaran.

—Creo que no deberíamos intervenir.

Soledad se volvió hacia Lucía y la encontró poseedora de un rostro pálido y ablandado como algodón, con las dicromáticas pupilas dilatadas.

—¿Lucía?

—La abandonaron sus padres —dedujo Lucía. Un viento rebelde sacudió su cabello y jugó con su falda.
Soledad la miró inconforme y comenzó su ascenso desde el lago.

—¿Cómo podés saber eso?

Lucía la vio calzarse las sandalias antes de pisar la arena. Sus pies mojados brillaban sometidos a la luz niquelada del astro nocturno.

—No lo sé, lo intuyo. Como tampoco sé su nombre, sólo intuyo que la llamaban Estrella.

—¿Por qué Estrella?

Lucía se encogió de hombros.

—Me gusta ese nombre.

Soledad caminó hasta quedar enfrentada a su hermana (…)

—Volvamos a casa —susurró Soledad.

Lucía la miró con una expresión que podría juzgarse tanto de sorpresa como de temor
.
—No quiero dejarla.

Soledad asintió apesadumbrada. Palmeó el hombro de su hermana y se alejó. (…) era obligaba a no mirar otra cosa que no fuera ese ser que yacía bajo la capa refractora de agua.

—Parece muy joven ¿no? —susurró Lucía sabiendo de que su hermana aún estaba cerca.

Soledad asintió aunque su hermana no la vio.

—¿Cuántos años intuís que tiene?

Lucía estudió el rostro joven y hermoso que se ondulaba con los movimientos del agua. La oscuridad no permitía verlo con claridad, pero Lucía había pasado mucho tiempo observándolo y se sentía capaz de recorrer cada rasgo cada arista de ese rostro.

—Doce. Estoy segura.

—¿Te vas a quedar hasta que se duerma?

Lucía no contestó.

—No te preocupa que se dé cuenta de que la estamos mirando y se asuste.

—Es una niña valiente.

—¿Cómo lo sabés?

—Se le ve en los ojos grandes. No tiene miedo de mirar la vida...